lunes, 6 de julio de 2009

En Bocas del Toro - Panamá

Ya en David, tomamos un bus para Almirante, que después de 3 horas nos dejó en el paradero de buses. Tomamos una lancha que por US $4 nos dejó en Bocas del Toro en la Isla Colón. Empezamos a buscar hospedaje mientras iba observando la ciudad erigida en la isla. El ambiente bohemio y la cantidad de turistas la hacía diferente. Me recordaba levemente al ambiente en Máncora pero con un poco de mejor infraestructura y dolarizado. Era la primera vez que veíamos tanto estadounidense junto, al parecer por lo que nos comentaron, era uno de sus destinos favoritos en Panamá.

Leyendo nuestra "rough guide" por hospedajes, llamamos a varios y el que nos gustó más fue el Heiki, frente a la plaza principal. US $1o por noche en un dormitorio compartido más desayuno (café y panqueques gringos incluidos) nos pareció una oferta decente. En Nuestro dormitorio conocimos a dos israelís que serían nuestros nuevos compañeros de viajer por unos días más: Edo y Yogev. Ambos habían terminado el servicio militar obligatorio de 3 años en israel y ahora viajaban por unos meses por Centro América.

Esa noche, fuimos por unas cervezas con Edo y Yogev aprovechando el happy hour de cerveza por US $0.50 de 7-8 p.m. Luego de unos tragos, nos fuimos ya con Vania hacia "El Barco Hundido" Una discoteca con salida al mar, que entre unas cervezas y baile nos entretuvo por un rato hasta que decidimos ir a comer al "carrito sanguchero". En el carrito había una chica irritada ya por el calor de las hornillas y lo último que quería era servir, parecía que sólo quería que la noche se termine y se pueda ir a su casa. Cuando le preguntamos qué tenía para comer, pues su rápida respuesta fue: "pues lo que ven ahí" y se voltió a seguir atendiendo a otros clientes. "De lo que vimos"carrito me comí la última hamburguesa que les quedaba y una "bolsa de papel" con pollo con plátanos fritos que si era en plato pues te cobraban más. No nos importó. Luego de la comida nos fuimos a dormir.

Al día siguiente nos esperaba una aventura nueva. Ibamos a ir a la playa pero antes pararíamos por la cueva de los murciélagos. Una combi hasta la entrada de la cueva por US $1.50 nos dejó a mí, Vania, Edo, Yogev y Jennifer (nuestra nueva amiga de EE.UU.). La combi nos esperaría lo que duraría nuestro recorrido. Entramos a la gruta y sólo se podía ver 30 metros delante de nosotros, el resto era oscuro. Edo llevaba una linterna tipo minero sujeta a la cabeza que nos alumbraba el camino y dirigía. Veíamos piedras, rocas y agua. Mientras nos adentrábamos Jennifer gritó porque en la roca junto a ella había una araña gigante. En el agua, que ya nos llegaba a las rodillas, se podía ver peces. Caminando más hacia adentro, murciélagos empezaron a volar por encima de nuestras cabezas. Lo único que hacíamos en la oscuridad era agacharnos un poco por miedo a que en cualquier momento un muerciélago se estrelle contra nosotros (cosa que racionalmente no podría pasar, pero que en ese momento considerábamos posible).

Saliendo de esta cueva y caminando 10 metros más, se nos abría otra cueva la cual decidimos explorar, pero esta vez Vania se quedó afuera. Entramos a la cueva sin saber si había una salida, ésta era más estrecha hacia arriba y hacia los lados y el agua era más profunda. Con el agua ya en nuestra cintura tuvimos que atravesar paso a paso un estrecho corredor de roca con murciélagos volando muy cerca de nosotros esta vez. Terminando el corredor veríamos la cosa más hermosa de este viaje. Halos de luz que atravesaban desde orificios en el techo y que alumbraban el agua verde de una especie de poza en donde estábamos metido. Ahora ya no había más salida accesible para nosotros, decidimos regresar y subirnos a la combi quien nos llevaría a la Playa La Estrella a pasar la tarde.

Ya en playa la estrella nos metimos en el mar, caliente esta vez y más turquesa que nunca. Descansamos en hamacas y exploramos la playa. El nombre no lo lleva en vano, ya que en nuestro camino encontramos estrellas de mar por tantos lados.

Ya llegada la tarde, la combi nos vino a recoger y regresamos a Bocas a nuestro hospedaje. Me ofrecí nuevamente como cocinero y preparamos causa de pollo en salsa de pimientos (receta aprendida de mi querida madre - Sandra). Ingredientes? Todos iguales, pero como no teníamos queso fresco, optamos por hacer la salsa de pimientos con queso cheddar, lo cual no estuvo resultó con un sabor intersante.

Esa noche, fuimos a la Iguana a bailar (happy hour sólo para chicas que podían tomar cocktails gratis hasta las 11 p.m.). Estuvimos intermitentes entre El Point, un bar más bohemio y con mejor música, y la Iguana. Cervezas vinieron y se fueron, se nos unió Paul y su hermano, dos chicos de EE.UU. que conocimos en el Iguana, ya éramos un grupo grande. Edo y Yogev estaban tan llenos de la comida que no podían tomar mucho. Esa noche la pasamos muy bien.
Al tercer día, Vania nos dejaría para irse con una guía espiritual que había conocido y Jennifer, Edo, Yogev, Paul, su hemano Tray y yo nos iríamos a explorar las islas de alrededor en busca de ranas rojas y a hacer snorkeling.Tomamos una lancha que nos llevó a la bahía de los delfines entre manglares a verlos, pero estos delfines no eran tan desinhibidos como los que nos acompañaron hacia San Blas por el Caribe. Bueno, qué podría un delfín pensar si asoman la aleta por la superficie y 3 lanchas repletas de turistas aparecen en su búsqueda acelerando hacia la dirección en donde ellos están. Luego de unos 15 minutos tratando de ver delfines intimidados por turistas, nos fuimos a hacer snorkeling. Un tubo para respirar y unos lentes para ver debajo del agua fue el equipo que nos dieron. Primera vez que podía ver el fondo del mar en su esplendor. A 3 metros de nosotros, había un arrecife de corales de varios colores y miles de peces nadando contigo. Fue increible ver el fondo del mar desde esta perspectiva por primera vez.

Ya terminado el snorkeling y luego de almorzar, nos fuimos a la Playa de la Rana Roja. Un lugar donde se pueden ver las pequeñas y venenosas ranas rojas que son del tamaño de una moneda de 10 céntimos de sol. La lancha nos dejó en el muelle de entrada a la playa, pero para llegar al mar tuvimos que caminar 10 minutos entre árboles y plantas. No tuvimos que esforzarnos en buscar ranas rojas porque encontramos tres chiquillos sosteniendo cada uno una ranita sobre una hoja y al mismo tiempo diciendo "money, money". Unas fotos ayudaron y un billete de Edo los alegró. Llegamos a la playa caribeña de la Rana Roja, pero esta vez con olas y con surfistas en body-board. Pasamos la tarde ahí hasta que regresamos al hotel. No pude con mi adicción y con Edo y Yogev nos fuimos a comer Subway (sí, es increible que haya uno en Bocas del Toro). En la noche, ya con las baterías bajas descansé hasta el día siguiente. Todos los chicos se fueron de parranda.

Ya nuestra dosis de Bocas había sido satisfecha y al día siguiente Yogev, Edo y yo cruzaríamos la frontera hacia Costa Rica y sin dejar la onda caribeña nos quedaríamos en Puerto Viejo de Talamanca unos días. Vania, insatisfecha aún de Bocas, decidió quedarse un día más y nos daría el alcance en Puerto Viejo un día después.










































































































































































































































































































































































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