viernes, 26 de junio de 2009

Desde Colombia hacia Panamá - La travesía de San Blas

Cruzar el mar Caribe desde Cartagena-Colombia hasta el archipiélago de San Blas es una hazaña, pero cruzarla en un velero con 4 personas más en un espacio reducido es aún más retador. La noche del 18 junio que salimos de Cartagena, me preguntaba cómo sería lo que nos vendría. En el velero viajamos el capitán Hernando Higuera, Vania, Jamie y Matt (pareja de novios de Inglaterra) y yo.

Esa noche del zarpe, yo fui el primero que tomó el timón del velero para dirigirlo a la salida. Desde donde estábamos teníamos que buscar las boyas iluminadas en la noche. Las boyas estaban dispuestas en dos colores: rojo y verde. Las boyas rojas estaban situadas una a continuación de la otra separadas una distancia bastante prudente, delimitando el lado izquierdo de la "vía". Las boyas verdes estaban dispuestas de igual manera pero al lado derecho. Entré a la "vía" entre boyas y seguimos en su dirección hasta la salida oficial a mar abierto.

Estábamos saliendo ya de la zona de boyas, cuando de pronto una lancha con policías costeros nos abordó y nos alumbró con sus linternas. Educadamente se presentaron, nos pidieron pasaportes, permisos de zarpe y revisaron el bote en busca de cualquier cosa sospechosa. Felizmente habíamos escogido muy bien a nuestro capitán y no llevaba drogas, ni esclavos, ni mujeres de contrabando a bordo. Efectivamente, sólo éramos 5 a bordo.

En la noche, con toda mi buena voluntad me ofrecí para cocinar a bordo. Cuando bajé a la cocina para buscar qué preparar, el movimiento y la falta de visualización de un horizonte hizo que no aguantara más de 1 minuto ahí dentro. Con las pocas fuerzas que me quedaban, porque las otras las tenía ocupadas en controlar mi estómago y las náuseas, subí a cubierta nuevamente para pensar en delfines rosados y sirenas cantando para distraerme. Pasó el mareo finalmente. Vania ya se había tomado una pastilla para evitarlo. Yo todavía tenía la esperanza de controlar cualquier sensación con mi mente (pobre ingenuo). Como a las 11:00 p.m. me fui a dormir. Pero, dónde estaba el cuarto? Al costado de la cocina. La pensé más de dos veces antes de bajar, la pensé una vez más, pero seguí el consejo del capitán de entrar, buscar tu cama, acostarte, cerrar los ojos y dormirte. Dormí tranquilamente.

A la mañana siguiente, a las 6:00 a.m, Matt me despertó para decirme que mi turno de manejar 2 horas más había llegado. Subí inmediatamente para no balancearme dentro de la cabina y tomé el timón. No pasaron más de 2 minutos y unas ganas de vomitar me invadieron y ya no pude aguantarlas. Fui a la baranda a babor (izquierda del velero) y pues vomité. El Capitán me preguntó si quería descansar, pero le dije que ya me sentía mejor y podía manejar. Pasaron mis dos horas y le tocó el turno a Vania.

Subió el sol y avanzó el día. Ya que no podíamos parar en altamar para bañarnos por razones de seguridad, Vania se inventó un juego para recoger agua de altamar con un balde amarrado a una soga y tirárnosla encima. Conforme pasaba el día, yo seguía sin tomar pastillas para el mareo (necio yo), pero nuevamente me llegó la sensación de mareos y náuseas y vomité por segunda vez. Vania estaba fresquita como lechuga, sus pastillas funcionaban a la maravilla.

Ya en la tarde, nadando en la misma dirección que nosostros viajamos, aparecieron unos delfines que salían del agua y se volvían a meter. Yo entre mareos y emociones pude verlos acompañándonos. Ya los elefantes rosados y las sirenas no me ayudaban más, así que finalmente decidí tomarme la pastilla. La pastilla actuó de maravilla. El único problema es que te entra un sueño que te provoca dormir y dormir plácidamente. Me quedé dormido.

Pasó así un día más en altamar (segundo día), Matt mientras manejaba se había desviado de la ruta y el capitán no lo había notado hasta 40 minutos más tarde. Recuperar el rumbo nos tomaría por lo menos 4 horas más.

Nuestro destino se aproximaba y llegaríamos a las 2 a.m. del tercer día. Iba a ser peligroso llegar a esa hora, porque alrededor de las islas habían rocas y corales y de noche toda visibilidad se pierde casi por completo. Ya casi a las 1 a.m. el capitán nos despertó a todos para tomar nuestras posiciones. Yo estaba a cargo de levantar las velas y bajar el ancla. Matt estaba a cargo del timón. Las islas se veían ya cerca en la oscuridad de la noche. No teníamos luna. El capitán dirigía el rumbo. Vania ayudaba a lanzar una voz de alerta en caso se vea algo extraño. Decidimos bordear una isla para poder anclar cerca. Al momento de virar para acercarnos a la isla, Vania vio olas en medio de nuestra ruta, le pareció raro. El capitán a su vez revisó el rumbo y estábamos desviados. Vania gritó: Cuidado! Un golpe detuvo la velocidad del barco. No nos movíamos: Habíamos Encallado!

Tratamos de salir a fuerza de motor, pero el barco no se movía. Las olas lo mecían de un lado al otro y golpeaban el casco. Hasta más o menos las 4 a.m. seguimos intentando, pero sin éxito. Nos fuimos a dormir. Era imposible dormir con los golpes del barco contra los corales. Dos horas después, a las 6 a.m. ya estábamos despiertos nuevamente. Vania despertó fue a ver al Capitán, quien estaba sentado junto a su timón, con una lata de cerveza en la mano, meciéndose al ritmo de las olas, y cada golpe reflejaba en su cara un dolor que desgarraba su alma.

El Capitán se comunicó por radio con otro capitán amigo en la isla vecina quien acudió a su ayuda. Los Kunas, quienes salían a pescar en sus balsas, también acudieron a nuestra ayuda (con varas de metal empezaron a picar los corales que atrapaban al barco). Yo bajé también con el snorkel y las aletas a ver la gravedad del asunto, pero nadie me advirtió que los corales eran filosos y venenosos. Luego de ver que la quilla del barco estaba atascada entre los corales, subí a cubierta para informar del estado y fue ahí que me di cuenta que los corales me habían quemado ligeramente las manos, la pantorrilla y me habían hecho un pequeño corte en la pierna. Gajes del oficio diría yo, porque no era para tanto. El ligero dolor y las quemaduras pasaron conforme avanzó el día. Los Kunas picaron y picaron toda la mañana, pero Federico (el otro capitán del barco que nos auxiliaba) no podía llegar a movernos remolcándonos. Los Kunas se fueron con la promesa de regresar cuando había subido la marea. Pero cuando ya se habían ido, Federico intentó remolcar nuevamente nuestro velero moviéndolo finalmente! Estábamos ya fuera!

Ya era medio día, y enrumbamos a las islas. Nuestro destino era la isla de Chichimé. El capitán en agradecimiento a todo nuestro apoyo para sacar el barco con la ayuda de Federico fue nvitarnos un buen almuerzo llegando a las islas. Unos tallarines en salsa putanesca fueron su plato de agradecimiento. Llegamos a las islas. Todas parecían paraísos de revista de viajes. Palmeras, arena blanca, agua azul y turquesa era lo que se veía por todos lados. No habían construcciones de cemento ni grandes corporaciones que rompan con la armonía natural que reinaba en ese lugar. Hasta ese momento eran las islas, los veleros, los kunas y nosotros. Luego de comer, fuimos para la isla a explorarla. Darle la vuelta no nos tomó más de 25 minutos.

En la noche, el velero de Federico nos había invitado a cenar. Fui con Jaimie y Matt. Vania no estaba tan cansada que se quedó dormida. En el velero de Federico habían 11 pasajeros, todos de distintos lugares del mundo. Entre los cuales dos argentinos de los cuales nos hicimos amigos: Fermín y Luciano.

A la mañana siguiente, luego de nadar un poco en el agua turquesa y cálida alrededor del velero. Fuimos hasta la isla a disfrutar de la playa. El capitán había organizado ya el almuerzo a cargo de los Kunas. Hoy comeríamos langostas, cangrejos, arroz con coco, ensalada y pez pardo rojo a la leña. La comida estuvo exquisita y fue tanta que no pudimos comer toda. Lástima que no pudimos pedir "para llevar". La noche la pasamos tranquilos, conversando hasta que tuvimos que ir a dormir.

A la mañana siguiente nos recibió el sol, el agua cristalina, la tranquilidad Kuna y la isla. Ya era nuestro último día y en la tarde debíamos ir a sellar pasaportes para entrar a Panamá formalmente.

A 1 hora de Chichimé está la isla de El Porvenir la cual tiene un aeropuerto (o una pista de aterrizaje) y un puesto de control migratorio con un hotel al lado. El capitán se encargó de llevar los pasaportes a migraciones, que luego de 10 minutos ya estaban todos sellados. La consigna en Panamá es cargar el pasaporte de manera obligatoria en todo el país. Se puede cargar también una fotocopia pero que se muestre el sello de ingreso. De no ser así se debe pagar una multa de US $20 y se corre el riesgo de quedar detenido mientras se averigüe la identidad de uno.

Luego de estampar pasaportes, nos fuimos a Cartí en donde una lancha nos recogería al día siguiente para llevarnos a tierra continental y tomar una 4x4 que nos llevaría a Panamá.








































































































































































































































































































































































































































































































































jueves, 25 de junio de 2009

Cartagena! - De vuelta a las Sandalias

Sin equivocarnos, el bus efectivamente de Medellín a Sincelejo fue más frío que un congelador. Pero nosotros ya estábamos preparados: Un polo, una sweatshirt y una chompa de polar fueron mis mejores aliados. Llegamos a las 6:30 a Sincelejo después de viajar bajo tormenta y velocidad. Cuando bajamos, obviamente ya no era necesario tanto abrigo, así que nos despojamos de tanta tela. Compramos inmediatamente el pasaje para Cartagena que salí a las 8:30 y nos fuimos a desayunar al centro de Sincelejo.

Este pueblo es bastante pequeño y no hay mucho que hacer, considerando que a las 7:00 a.m. sólo había un sitio abierto en la plaza de armas en donde por 4000 pesos (US $2) nos comimos unos huevos revueltos con pan y café con leche. De regreso en una mototaxi lineal nos regresamos por 1000 pesos (US $0.50) a la estación de buses en donde abordamos nuestro bus (coaster), ahora ya con aire acondicionado decente y con dirección a Cartagena.

3 horas después, llegamos a Cartagena y el calor era máximo, húmedo y fuerte. En la terminal llamamos a los hospedajes y conseguimos uno en la zona de Bocagrande llamado Northstar Backpacker (zona moderna de Cartagena). Los cuartos compartidos estaban en 18,000 pesos (US $9) y sólo tenían ventilador y las que tenían aire acondicionado estaban a 22,000 pesos (US $11). Por supuesto que el agua caliente era irrelevante.

Ya instalados y bañados para bajarnos la temperatura corporal, nos fuimos al club náutico a buscar un velero que saliera hacia Panamá. Nos dirigieron con el Capitán Hernando Higuera quien nos explicó el recorrido, nos enseñó su velero y por US $350 nos llevaría hasta San Blas en una travesía de 2 días en altamar y 3 días en las islas de los Kunas (cultura indígena que habita en estas islas). Luego de evaluar la propuesta, aceptamos ir con él. El velero saldría al día siguiente por la noche.

Fuimos a almorzar a Getsemaní (el centro histórico de Cartagena) y luego a dar vueltas por la pintoresca ciudad. El calor no es un impedimento para disfrutar de la colonial y pintoresca Cartagena, más bien es parte de su atractivo.

Esa noche, regresamos al hotel y conocimos a Mariano y Cristina, dos hermanos argentinos que habían decidido viajar y conocer Colombia por 1 mes. Ellos fueron nuetros compañeros de habitación. Vania quería bailar desesperadamente salsa en Colombia y como estábamos a puertas de dejar el país, decidimos acomopañarla porque era un poco vergonzoso decir que no había bailado salsa en Colombia pero sí en Quito.

Salimos en un taxi hacia un lugar que se llama Quiebracanto, el lugar estaba practicamente vacío. Sólo una pareja de señores bailaba en la vacía sala. Nos pedimos unas cervezas e intenté bailar salsa aunque puedo decir que soy mejor bailando merengue, los movimientos de salsa no han sido asimilados aún por mi sistema locomotor. El lugar solitario se nos quedó aburrido y decidimos buscar otro. Era miércoles por la noche y no había mucho que hacer en Cartagena. En a búsqueda de otro lugar para bailar por la zona, se nos acercaban mujeres locales diciéndonos: "Amigo, tengo todo para la rumba, absolumtanente T-O-D-O". Claro que ya sabíamos los conceptos que podía abarcar esta palabra, pero seguimos caminando alrededor de la manzana hasta que escuchamos música a lo lejos. Seguimos la música que salía desde una puerta en la que varias personas nos decían que entráramos. Entramos y la música electrónica ya me parecía familiar. Viendo alrededor habían chicas bailando con chicas y hombre bailando con hombres. Nos miramos a las caras y ya podíamos entender dónde habíamos terminado. Estábamos en una pequeña representación de Cartagena gay. Nos dejamos llevar por la música, pedimos unas cervezas y estuvimos bailando un buen rato, hasta que el punchis-punchis del ritmo nos empalagó y decidimos ya regresar al hospedaje.

Al día siguiente, nos levantamos y nos fuimos a bañar al mar. Era la primera vez que entraba en contacto con el mar Caribe. Siempre creí que era una exageración cuando me decían que el mar era caliente, pero efectivamente era así. El agua estaba por lo menos a 32°C y la temperatura que teníamos afuera era de 35°C. El mar verde y turquesa, transparente y tranquilo fue una buena terapia antes de la experiencia que se nos venía: 5 días en velero.

Luego fuimos a comprar frutas, snacks y agua para el viaje que tendríamos. A las 5:00 p.m. llegamos al club náutico, colocamos nuestras cosas en el velero, ayudamos con unos últimos arreglos en especial de víveres. Trajeron el Diesel y finalmente ya estábamos listos para partir. Nuestros compañeros de viaje: Matt y Jamie, una pareja de ingleses con quienes pasaríamos 5 días en el caribe y varias aventuras.