En la mañana, despiertos y ya desayunados nos encontramos con los muchachos en la estación de la calle 160 del transmilenio. Viajamos 30 minutos hasta la última parada que era la del Portal del Norte y ahí tomar un bus hasta Zipaquirá, un pueblo muy acogedor. En sus afueras se encontraba la Catedral de Sal.
La Catedral de Sal, está construida en las minas de sal de Zipaquirá. Las construcciones dentro de ella le dieron ya el título de joya arquitectónica de la humanidad en Colombia. Recorrer la mina y ver las esculturas hechas en ella te deja boquiabierto. El recorrido duró un poco más de una hora, momento justo en el cual, mientras estábamos dentro llovió. Cuando salimos, toda Zapiquirá estaba mojada. Regresamos caminando hasta el centro de la ciudad, almorzamos cuando ya eran las 4 de la tarde. Regresamos a Bogotá.
Mi agenda seguía ocupada, mi amigo Carlos Trelles, a quien no veía hacía más de 5 años estaba en Bogotá y quería verlo. En Bogotá, tomamos el Transmilenio hacia la casa de Carlos, quien nos recogió de la estación. Entre unas copas de vino, tamales colombianos (rellenos de arverjitas, zanahoria y pollo) y arepas con mantequilla recordamos buenos tiempos pasados y nos pusimos al día en nuestras vidas. Gracias Carlos por tu amable acogida aunque no llegamos a conocer todo tu departamento según la costumbre colombiana.
Tomamos un taxi hacia la zona rosa (zona de discotecas y bares de Bogotá). Ahí nos esperaba Juan David con sus amigos. Nos encontramos en un bar donde nos invitaron unos tragos de gin con limón y luego nos fuimos a una discoteca. El trago nuevo para los peruanos era el aguardiente colombiano. Juan David y su amigo Julio compraron una botella, y en pequeños vasitos plásticos empezaron las rondas de shots. El sabor es parecido al del anís y es un poco más suave, no se compara al aguardiente peruano que es mucho más fuerte y que después de dos shots uno estaría en bomba total.
Luego de unos cuantos shots ya las cosas parecían más divertidas aún, y la música se prestaba para bailar. La discoteca repentinamente se convirtió en la juerga! Después de horas de diversión y consumo de energía repuesta a su vez por shots de aguardiente colombiano, fuimos a comer los famosos perros colombianos (hot-dogs), no sé pero estuvieron demasiado buenos. Llegó el momento de irse a dormir, al día siguiente teníamos más actividades que hacer: Cerro de Monserrate.
A la mañana siguiente ya despierto (sorprendentemente sin resaca), miraba a Vania y recordaba su experiencia con el aguardiente. Sonreí yo solo y ahora sonrío también solo porque no creo que me dé autorización de contarla en el blog. A lo mejor la convencen de que a cuente en el suyo.Después de almuerzo, tomamos el Transmilenio hacia el centro y luego de una Postobón de Manzana, subimos hacia el teleférico que nos llevaría al Cerro San Cristobal. La vista de Bogotá fue increible, entre cemento y naturaleza se erguía tan grande capital de la cual me enamoré.
Antes de regresar a casa, pasamos por el hostal de los chicos para despedirnos. Ellos enrumbarían para Villa de Leiva. Nosotros para Medellín. Nuestros compañeros de viaje se separaban después de tantas aventuras pasadas juntos.
Tomamos el bus a Medellín a las 10:30 p.m

















joaoo, todo se ve muy chevere, y las fotos estan excelentes, se ve que lo pasan muy bien en su aventura sud centro americana, espero les siga yendo asi, besos y abrazosssss....WALDO
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